La vecina culona se aparece pidiendo azúcar y termina en la pieza, como si no supiera por qué vino. Las dos quedan en la cama, una con lencería puesta y la otra casi sin nada, y de a poco se van buscando. Nada está planeado, se nota en lo desordenado que tienen todo.
La de lencería se deja hacer, tira la cabeza hacia atrás y se le escapan unos quejidos bajos. La otra va despacio, de a poco, recorriéndola entera. Las sábanas terminan hechas un desastre y a ninguna le importa realmente.
Se ríen un momento, acomodan la ropa de la cama y siguen. Algo suena en otro cuarto, la tele quizás, y nadie le pone atención. Es el porno boliviano de siempre: una pieza cualquiera, dos que se conocen bien y cero poses.
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