La vecina llega con su vestido rosado y se sienta en el sillón a pedir azúcar, tan tranquila. Uno le sirve un vaso y ella ni lo mira, se arrima más y le agarra el pito por encima del pantalón. Se saca el vestido de una sola tirada, sin nada abajo. Las llaves de su casa quedan tiradas en la mesa del centro.
Él la pone de a cuatro en el mismo sillón y se la mete de a poco, hasta el fondo. Ella se queja y pide más, agarrada del brazo del mueble. Termina arriba, marcando el ritmo ella, hasta que él se acaba adentro. Es porno boliviano casero de verdad, grabado en una tarde cualquiera, con la tele prendida en otro cuarto.
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