La casa vacía en Potosí y una de esas mujeres de potosí que no piden permiso: la potosina apareció con una lencería de corazoncitos que le marca todo el poto. Estaban solos y ella lo sabía. Se sentó al borde de la cama, se acomodó el pelo y lo dejó claro sin hablar.
Se arrodilló y le trabajó el pito de boca, despacio, mirándolo para arriba. El loco no aguantó mucho así: la levantó, la puso en cuatro y se la metió completa, de a poco hasta el fondo. La lencería quedó puesta todo el rato, solo llevada a un costado.
Lo termina montando ella, con las manos apoyadas en el pecho de él y el ritmo puesto a su manera. De fondo se escucha la tele de la sala que nadie fue a apagar. Cuando paran, ella se queda tirada en la cama con la lencería hecha un desorden.
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